Un momento de alba paz

 Carlo Lozano Burgos1

Mientras caminaba por el pasillo del quinto piso del hospital que la vio nacer ya hace 25 años, el mismo que ahora se hacía casi interminable para sus pasos cada vez más autómatas y débiles, trataba de recordar el momento exacto en que  había perdido de vista a su hijo esa mañana fría como casi siempre eran en su puerto,  la bruma gris le impedía divisar los barcos, cuyas sirenas retumbaban en su cabeza aquejada por un dolor que surgía junto a la reverberante voz de su jefe que a diario le pedía  cada vez más largos informes, al espectro de las cuentas que llegaban sin dar tregua y el famoso crédito de consumo que a lo más, había aminorado o más bien retrasado un final inevitable. Con una taza de té en sus manos no entendía por qué  sentía tanto frío, sin poder siquiera empañar los vidrios del ventanal con su  aliento impregnado de canela

Su cabeza no dejaba de pensar y yacía en un mar tanto o más profundo del que tenía en frente a diario, el suyo más parecía un mar bravío invernal distinto al que se refleja en las postales para los turistas. Su hijo, Eduardito, el único y el último, jugaba deslizándose  en el piso de madera añeja pero sabrosa de aquella antigua casa naviera, a sus once meses seguía la pelota que su padre le había regalado cuando con gusto pudo celebrar sus primeros pasos, y también los primeros costalazos amortiguados por sus risas  y un trasero acolchado por grandes pañales. “Él seguía esa maldita pelota”, pensaba una y otra vez, mientras el ruido sordo del golpe tronaba con fuerza y sin cesar en su cerebro apagado, estremeciendo sin piedad su cuerpo. Esa aciaga mañana, después de vestirlo bien abrigado, casi al borde de la sofocación para que no enfermara, lo introdujo en su cama y junto a él  revisó los noticieros; nada nuevo bajo el sol, nada que indicara que la huelga por el reajuste o más bien por un reajuste digno como esbozaban algunas pancartas, terminara pronto a pesar que llevaban varios días en conversaciones, pero ninguna respuesta caía del cielo y menos desde el ministerio de hacienda. Con esos pesos extras pensaba a través de unos curiosos cálculos mentales, por lo demás demasiados optimistas, llegar a fin de mes durmiendo un poco mejor sin tener que recurrir a su  ansiolítico puchito de las tardes, cuando  rompía el agobio  al mirar el ocaso desde el jardín.

Seguía caminando por el pasillo sin atreverse a llegar a la ventana en la que podría ver a su Eduardito y decidió volver tras sus pasos buscando un poco de valor, cuando las máquinas de la Unidad de cuidados intensivos del servicio de pediatría se escuchaban ya lejanas, no sabía como hacer para llenar el hueco que tenía en el pecho, saber donde diablos estaba el corazón que ya no sentía. Fue así como en esa penumbra recordó de súbito como ocurrió el accidente. La pelota se deslizó  hasta la cocina y su hijo comenzó un raudo camino gateando con dulzura detrás de ella, al principio le dijo “ no lalito, no entres solo a la cocina”, como si le hablara a su esposo o a alguien que pudiera entenderla. Se mezclaron en su cabeza todos aquellos pensamientos agobiantes que no le permitieron pese a ser madre, prever el peligro, esos mismos que la nublaban tanto como la bruma al sol de esa mañana, y que le impidieron recordar que un rato atrás había planchado en la cocina para poder vigilar la olla, la condenada olla, dejando el cordón del aún tibio artilugio de metal al alcance de su Eduardito. Sólo basto que el pequeño lo jalara para frenar de súbito su inocente balbuceo que la hizo correr en vano y ya tarde para socorrer a su niño, mientras su taza caía inexorablemente a estrellarse contra el piso.

Las descarriladas imágenes se detuvieron entre sus ojos, quebrando con estridor el silencio de sus dilatadas y perplejas  pupilas. El pasillo se llenó de pronto con la figura de Sonia, la enfermera que corría presurosa junto a los médicos de turno a la habitación número 7, donde conectado a un montón de equipos yacía inconsciente su hijo. No tuvo valor para ir a ver que ocurría, quizás porque la culpa es un arma implacable y ni el sangrar la quita de la piel, corrió en sentido contrario temiendo lo peor, sólo quería alejarse; bajó las escaleras en una carrera peligrosa, mientras sus lágrimas brotaban con rabia y se desprendían de su cada vez más pálido rostro, sus labios apretados contenían gritos desgarradores que no se había permitido exclamar , no sabía donde estaba, atravesaba pasillos, puertas, sentía que le hablaban, pero no escuchaba, buscaba una señal, una luz, necesitaba un pronto consuelo que la calmara.

Casi como por instinto y sin saber como, quizás por la falta de aire que la asfixiaba, terminó en el segundo piso del hospital ya sin prisa y sin rumbo, su cuerpo se deslizó hasta la terraza que daba hasta la calle, donde el ruido de los viejos troles, las bocinas de los automóviles y las voces de la gente camuflaban y diluían de alguna manera su pesar. Con manos temblorosas sacó de su cartera un torcido cigarrillo y una caja de fósforos, necesitaba paz. Mientras el fuego subía, no sin dificultades hasta su boca, notó que alguien la miraba. A su costado  pudo divisar a una mujer preciosa, blanca e inmóvil, rodeada de velas y miles de oraciones esculpidas con esperanza, que con los brazos abiertos la invitaba a entregarse y confiar. Dejó de lado el fósforo humeante y el cigarrillo manchado por un tenue lápiz labial y sin dudarlo, casi como por un reflejo, se arrodillo con calma y se aprestó a rezar como quizás hacía mucho tiempo no lo había hecho, probablemente desde que era muy niña, etapa donde en general todos “creemos”. La imagen de la cautivante virgen esculpida en mármol, la miraba en forma hipnótica y acogedora. Pensó muy bien que decir, por donde comenzar, subió su cabeza luego de hacer una amplia reverencia y se incorporó para comenzar su plegaria mientras esos hermosos ojos la envolvían por completo con extrema dulzura.

No alcanzó a pronunciar una palabra cuando vio que Sonia, venia corriendo en su búsqueda. Cerró los ojos temiendo lo peor, pero sintió  que podía abrirlos ya sin miedo, estaba en paz mientras contemplaba  aquella hermosa figura celestial y dirigía sólo su oído a la enfermera, escuchó, Adela, mírame, Eduardito despertó, sonrió y quiere verte.-

foto/Rodrigo Flores

1Medico Anátomo Patólogo, Hospital Carlos Van Buren

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