Salud Pública eres tú…Yuri Carvajal Bañados

La gente de a pié cree que por el sólo hecho de trabajar en un Hospital público, ya se está realizando una acción de Salud pública. A ese saber popular, la salud pública debería rendirle tributo, en vez de desacreditarlo en nombre de un saber oficial más verdadero. Si uno sube a un taxi (o diré un Uber) en Santiago de Chile y pide ir a la Escuela de Salud Pública, lo más seguro es que sea conducido a la Asistencia Pública, o a la intersección de Maratón con Grecia, y no a calle de Independencia. Poco serviría eplicarle al conductor que la verdadera salud pública es la que se enseña en posgrado.

Por tanto, comenzaré por reconocer que la práctica clínica ya es Salud pública. En un primer acercamiento, porque ese acto ―en el taxi o Uber― no es el encuentro puro y delimitado entre dos personas, sino que supone el entrecruzamiento de dos mundos colectivos, cargados cada uno de hechos, miradas, tradiciones. Pero, además, en segundo plano, porque siempre hacemos clínica con un cierto entrenamiento en Ciencias sociales. Ninguno de nosotros es sociológicamente virgen.

Seguro que mientras más calificado y orientado sea ese entrenamiento, mucho mejor Salud pública, sin embargo, el ejercicio mismo produce un saber sociológico, etnográfico, histórico, narrativo, epistemológico, que expresa reconocimiento y reflexión acerca de la dimensión colectiva que tiene la clínica.

Sociologías de lo clínico

La definición que he deslizado no dice cuál entrenamiento en Ciencias sociales es más adecuado. Incluso para los más legos es evidente que no hay una sola Escuela sociológica, así como tampoco hay una sola corriente historiográfica, una pura corriente etnográfica o una única narrativa médica. Se trata de “selvas enmarañadas” por distintas especies. Frente a tanto desorden, es preferible seguir la enseñanza bíblica de “por sus frutos los conoceréis”. Un enfoque así de pragmático debería sugerirnos que tomemos aquella enseñanza que nos dé mejores resultados.

Hay muchas preferencias, pero tan sólo diré que las sociologías de lo poblacional, es decir de una descripción de los colectivos como una “gas perfecto”, cuyo resultado es la sumatoria de átomos/individuos, poseen la ventaja de la modelación matemática, aunque carecen de riqueza descriptiva y situacional.

Son además parte de una tecnología de gobierno de los colectivos, basadas en esos mismos grandes números. Recordemos la tradición colonial y republicana de “reducir los indios a población”. El nombre de reducciones ―clásico en el Censo chileno de 1907 con su apéndice de indios― tiene que ver con el uso de la palabra población no como sustantivo, sino como un verbo. Como la acción de transformar un colectivo en una población, haciéndole perder propiedades, esto es, reduciéndolo.

Para el trabajo clínico o de un Hospital, las sociologías de poblaciones pueden servir para modelar brotes o hacer cálculos numéricos, pero los mejores frutos me parecen provenir de otras vertientes disciplinares, como la microsociología de las interacciones cara a cara, una práctica que bordea también la etnografía de campo.

Fuente: Ilustración de Hellodoctor.co.za (2019)

Un notable ejemplo de este enfoque nos lo da Erving Goffman en sus cuatro ensayos agrupados bajo el nombre de Internados, publicado en 1962. Textos que consideran las reflexiones de un investigador en un trabajo de campo de un año realizado en un gran Hospital psiquiátrico en Washington D.C. a más de siete mil pacientes.

Goffman no sólo ingresa como ayudante de un kinesiólogo, sino que es capaz de registrar los pequeños hechos, la habilidad de los pacientes para hacer uso de las debilidades del orden (“ajuste secundario”, le llama a ese esfuerzo), y lee y cita mucha literatura verdaderamente variopinta: experiencias de prisión, estadísticas hospitalarias, noticias de diarios, novelas y cuentos, entre los cuales el uso de la obra llamada Moby Dick es extraordinario.

Goffman no vacila en ponerse de lado de los pacientes, mostrar una compasión y ternura por ellos, husmear en la cocina, la lavandería o los patios, los lugares en donde parece no ocurrir nada.

Produce de este modo el sociólogo una verdadera una ciencia de autor (ciencia gourmet o ciencia boutique, podríamos decir), en que el estilo intelectual junto al literario, su capacidad de lectura y humor, van a la par con su capacidad de observación y su forma de escritura. Tras leer varias páginas, ya estamos en condiciones de decir tenemos aquí un Goffman auténtico, sin necesidad de encontrar su firma.

Recomiendo su lectura con especial énfasis a quien se interese por la pregunta acerca de qué es Salud pública. Aprenderá así que un salubrista valora y requiere trabajo estadístico, que aprecia los problemas colectivos y las hipótesis, se pregunta por las instituciones y las economías, pero que no agota allí su esfuerzo. La práctica de salubrista requiere talento personal, aunque puede ser entrenada. De eso se trata el aprendizaje.

Digamos que hacer Salud pública es volverse un etnógrafo nativo, un miembro de la “tribu clínica” que busca una comprensión sociológica de sus prácticas, una descripción adecuada y fructífera.

De manera que a la pregunta sobre ¿qué es Salud pública?, no puedo sino plagiar al poeta y responder “Salud pública eres tú”.

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