EL COVID Y SUS METÁFORAS

Patricia Junge[1]

Valentina Fajreldin[2]

Hemos titulado este artículo tomando prestada la expresión de Susan Sontag de su libro “La enfermedad y sus metáforas. El Sida y sus metáforas” (Taurus, 1996), para reflexionar sobre las representaciones que han circulado  refiriéndose a la actual pandemia de COVID-19,  la que rebasa  el cuerpo como lugar habitual de la enfermedad, para instalarse en el espacio social y cultural, desafiándonos a hablar de ella ya no como un problema que se lleva en la intimidad, sino como un asunto colectivo que trasciende las individualidades y también a la forma en que ellas viven en sociedad. Así, la pandemia nos obligó a encarar un doble desafío, el de reaccionar a la necesidad de conocer la enfermedad para entenderla y superarla en el ámbito individual/orgánico donde se aloja. Y al mismo tiempo, el reto igualmente concreto de responder a ella de forma comunitaria, para comprender sus efectos sobre la vida en común y  justificar las acciones que se toman colectivamente para hacer frente a dichos efectos.  En respuesta a este doble desafío han abundado tanto los datos estadísticos como de laboratorio, registros gráficos y audiovisuales, números e imágenes que contabilizan y distribuyen visiones sobre la enfermedad alojada en los cuerpos individuales, colectivos, regionales, nacionales y mundiales. El Covid se ha contabilizado y se ha mostrado, sin embargo poco se ha narrado sobre el.

¿Por qué  hemos restringido tanto nuestras  expresiones para hablar de esta enfermedad? ¿Será falta de tiempo para poder escribir una narrativa coherente sobre esta experiencia desconcertante, que ha puesto las cosas en pausa y nos hace repensar casi todo? ¿O será acaso que en nuestro modo de vida el cual estábamos acostumbrados a habitar, no estaban las palabras necesarias para hablar de lo que estamos viviendo? Vocablos y frases como: Incertidumbre; vulnerabilidad; aceptación; adaptación; dejar ir; explorar; crear; renovar; co-dependencia; co-emergencia; solidaridad; radicalidad ontológica; colaboración; fortalezas. Estas palabras son ajenas a los elementos discursivos imperantes ¿Cómo podemos hablar de esas cosas en un mundo identificado con el individualismo, el éxito, la inmediatez, el consumo, el control y la estandarización?

A partir de estas preguntas hemos querido reflexionar sobre el lugar que ocupan las metáforas de esta pandemia. Sontag nos recuerda que una metáfora consiste básicamente en dar a una cosa el nombre de otra. Entonces, cabría preguntarnos de qué  estamos hablando cuando nos referimos a “la batalla de Santiago”, “la primera línea”, la ¨lucha contra el Covid-19¨, “la guerra contra la pandemia”, “los héroes” y “la carne de cañón”.

“El enemigo” y “los héroes de la primera línea”

En la medicina abundan las metáforas militares para referirse a las enfermedades. “La fiebre rebelde”, “la defensa del organismo”; “la lucha contra la enfermedad”; “el combate de la pandemia”; “la campaña de vacunación” etc. En la mayoría de ellas el enemigo no es la enfermedad como evento, sino el agente individualizado que la provoca, ya sea un patógeno o una célula rebelde y disfuncional. El mundo político y del poder  recoge estas metáforas para referirse a la pandemia que amenaza nuestra forma de vida, como aquella descripción del virus que hizo el presidente Piñera: “El coronavirus es un enemigo formidable, poderoso, destructivo y cruel, es un enemigo silencioso, pero que hace daño y provoca dolor y sufrimiento a millones y millones de familias en el mundo entero. No respeta fronteras, no respeta razas, no respeta nacionalidades, no respeta ideologías.”[3] No sólo se individualiza la enfermedad en este agente que constituye el enemigo, además se le atribuye a éste una intención destructiva, basada en una moralidad cruel e irrespetuosa, que atenta contra los estructuras en que acostumbramos vivir.

Ilustración: María Eugenia Piacentini

¿Cuál es el sentido de tratar a una enfermedad como un enemigo? Es simple, estos calificativos permiten reducir cualquier duda o relativización, y enfocarnos en el combate contra aquel que se ha identificado con el mal. Sontag afirma que el pensamiento médico  utiliza estas metáforas militares para dirigir la tecnología y los saberes hacia la lucha contra estos adversarios convertidos en invasores, agresores y desestabilizadores. Más aún, el combate se libra en los cuerpos, despojados de la subjetividad de quienes viven su vida en ellos, y transformados en el campo de batalla donde las armas de la ciencia y la tecnología son utilizadas con agresividad por los agentes autorizados para hacerlo: los médicos y el batallón de primera línea compuesto por los equipos de salud. ¿Qué ocurre cuando ¨la guerra¨ sale del campo de los cuerpos individuales y se difunde a toda la sociedad? Entonces se hace necesario movilizar al colectivo como un todo expuesto a la invasión del enemigo patógeno. Con la misma lógica aplicada a los cuerpos enfermos, es necesario activar las defensas del colectivo, de la nación, y al mismo tiempo asegurar su docilidad ante el tratamiento y su disposición a obedecer a la autoridad.

Si bien en otros momentos y circunstancias la obediencia colectiva  se logró fundamentalmente recurriendo a metáforas religiosas, morales o valóricas, Sontag nos recuerda que en la modernidad laica, individualista y capitalista esos argumentos pierden fuerza, ante aquellos que nos aseguran que las instituciones del estado secular, la ciencia, la tecnología y la política sanitaria nos contendrán y protegerán de la desesperación causada por la incertidumbre, y eventualmente nos devolverán a la normalidad. Los equipos de salud, cual infantería sanitaria, serán el cuerpo colectivo  que enfrentará directamente al enemigo, ataviados con sus atuendos y armamentos de combate.

Todo trabajador/a de la salud sabe que su oficio implica una conducta de riesgo ante las enfermedades contagiosas, mas la pandemia les enfrentó a una serie de nuevos  desafíos . Debieron dejar a sus familias para evitar llevar la trinchera al hogar;  instruirse y conocer sobre la marcha las complejidades de una entidad ignorada y desafiante, aprender en horas a redistribuir escasos recursos para hacer frente a la contingencia; y hacerse cargo en la experiencia propia y de sus pacientes de un nuevo sufrimiento: el padecimiento avasallador del fracaso ante lo desconocido. Circularon entonces, las imágenes de equipos exhaustos, agobiados y superados.

Milo Manara

Los equipos de salud debieron estar dispuestos a exponer sus cuerpos y sus vidas, al punto de sacrificarlas por la protección de la  comunidad, se fusionaron en ellos lo que las antropólogas Nancy Sheper-Hughes y Margaret Lock distinguieron como las tres lecturas del cuerpo: El individual, concebido como el yo encarnado en cuanto una unidad de experiencia; El social, que se vive impregnado de las representaciones que indican como relacionarse con la naturaleza, la cultura y la sociedad; y el cuerpo como objeto y artefacto de control político y social.[4]  Con las metáforas heróicas  se celebra el sacrificio de quienes cargan con el peso de la lucha contra la pandemia, reconocemos su entrega al cuidado del colectivo, y reforzamos la obligación de absoluta abnegación de su cuerpo-artefacto respecto a las formas de combate elegidas por nuestra sociedad.

Les pedimos a los héroes de la primera línea que fueran sobre-humanos, si bien no con súper poderes por lo menos con la capacidad de no cansarse, no quejarse, ni errar en la contención de un enemigo individualizado en todas sus variantes, pero a la vez desconocido en la magnitud de sus efectos. Tanto es así, que un estudio de cohorte sobre la salud mental de los equipos de salud, que lleva a cabo la  OMS/OPS en la región de América Latina, se llama simplemente “COVID-19 HEROES”.

Las campañas de salud pública centradas en el combate del enemigo se llevan a cabo con todos los derechos atribuidos a los sistemas médicos para irrumpir en las estructuras políticas y sociales en tiempos de guerra, así como  en la intimidad de las personas que protegen. Los cuerpos de los héroes de la salud no fueron  los únicos destinados a la movilización desde las metáforas bélicas, otros actores sociales tuvieron una destacada participación que permitió el funcionamiento de la sociedad y los necesarios ajustes para enfrentar la Pandemia: trabajadores de supermercados y del rubro de alimentación, Fuerzas Armadas y de orden controlando el cumplimiento de las medidas sanitarias, trabajadores del transporte y muchos otros que hicieron posible la operatividad del sistema. No obstante fue en los colectivos de salud donde se encarnaron con mayor fuerza las metáforas bélicas/heróicas.

La nación y la “carne de cañón”

Desde los campos de la Filosofía y Sociología, articulando las ciencias sociales y la medicina, Michel Foucault desarrolló el concepto de Biopolítica, contribuyendo a mirar críticamente el control que los estados modernos ejercen sobre los cuerpos de los individuos y los colectivos. La noción apunta a las prácticas políticas ejercidas a través de la administración de los cuerpos, por medio de un sinnúmero de estrategias o “artefactos” desplegados desde las políticas públicas  -especialmente las sanitarias-. No desde las ideologías, sino desde los cuerpos, las prácticas biopolíticas demandan la docilidad de los cuerpos individuales en beneficio del común que define el sentido social de nuestra existencia. Es así también que los cuerpos rebeldes a las “campañas” se resisten políticamente al control de su individualidad.

La fluidez de las llamadas redes sociales ha activado un rico intercambio de nociones y de expectativas sobre esta pandemia. Así, al conteo oficial muchas veces incompleto, errático y desconcertante, le rebatieron imágenes e imaginarios dispersos, a falta de solidez y constancia la pandemia se hace líquida. Ante la carencia de alguna descripción capaz de interpretar números e imágenes, y darles un sentido en el que quizás podamos compartir un vínculo con el sentido común, las metáforas bélicas resultan un artefacto biopolítico eficaz, que permite cierto foco movilizador ante la amenaza del enemigo común; sin mucho cuestionamiento de qué somos ni a dónde queremos llegar, pues se trata de una lucha por la vida y también por como estamos acostumbrados a vivirla.

AP Photo/ Mosa’ab Elshamy. http://“Thousands stranded when Morocco shuts borders call for help”
 

El académico y analista Alvaro Ramis advirtió en junio del 2020 que ¨la tendencia del Presidente Piñera a hominizar el coronavirus otorgandole atributos humanos de irrespeto o crueldad es propio de un razonamiento metafórico muy primario y peligroso¨. Lo mismo podría decirse de la tristemente célebre expectativa del entonces  ministro de salud Jaime Mañalich, respecto de que el virus se volviera ¨buena persona¨. Pareciera ser que humanizando al virus -un actor expresado en género masculino-  y a su consecuencia – la pandemia de género femenino- se le logra situar  como un otro, hostil, extraño, ajeno al indiscutido bien común de la nación y, así, atacable de forma implacable y sin cuestionamientos. Así, se articula biopolíticamente un lenguaje moderno que llama a defender el bien común del nosotros ante los – por su diferencia- otros desestabilizantes,  nociones  pre-modernas de un pensamiento que humaniza entes y fenómenos no-humanos para facilitar un posicionamiento ante ellos en tanto ¨enemigo externo¨.

Pero, ¿qué tan común es “el bien común” que defendemos con nuestras metáforas bélicas? Desde una mirada interdisciplinaria Gonzalo Bacigalupe considera: “Una pandemia es un desastre por diseño y elección.El virus carece de intencionalidad y solo actúa dinamitando el espejismo de una sociedad en la cual no todos tienen derecho a la salud, la vivienda, la educación, un ingreso digno, y la participación en las decisiones que definen una nación” (Bacigalupe et.al. 2020).[5]  Entonces, ¿cuál es el nosotros que resguarda la “primera línea” de la salubridad pública?

Vimos como los héroes de la primera línea fueron aquellos que con sus capacidades contuvieron el avance del enemigo hacia el corazón de nuestro bienestar colectivo, y  su heroísmo fue aún mayor, debido a que para realizar su cometido no siempre contaron con los debidos elementos de protección personal.  En el otro extremo encontramos a la “carne de cañón”: aquellas y aquellos que, desde su posición subalterna en la sociedad deben reafirmar individualmente su supervivencia. En esta categoría vimos a los trabajadores/as del comercio callejero y en general a todos aquellos que viven al día sumidos en el trabajo informal  y/o quienes no pudieron recibir el beneficio de trabajar desde casa. Invisibles para merecer las grandes etiquetas heroicas de la pandemia, su resistencia queda circunscrita al ámbito meramente personal de la subsistencia, cuyo sacrificio carece de reconocimiento colectivo y redención. Peor aún, tácitamente se les culpabilizó y tildó de irresponsables causantes de ascenso en los contagios[6], mientras que la autoridad sanitaria hacía llamados a que los que pudieran quedarse en casa lo hicieran, condenándolos a ellos y sus familias a arriesgar contagios en extensos viajes en atestados buses y carros del metro. Por último, en una posición acomodada estuvimos los académicos, los funcionarios públicos y otros miembros de la las elites de la clase media trabajadora, quienes pudimos tomar la indicación de “cuarentena”; no constituimos un segmento en riesgo directo; no estuvimos en la primera línea ni  fuimos carne de cañón; pudiendo dedicarnos a “pensar¨” y a producir desde nuestras casas, contratar servicios de comida, de mercado, de entretenimiento, de aprovisionamiento y hacer que todo ello se moviera  hacia donde estuvimos. La sociedad chilena se mostró así en la vastedad de su segregación, una vez más escindida por la posición social, educacional, económica de los sujetos que la habitamos. Así, la falta de palabras para narrar la pandemia desde un lenguaje común, pareciera tener que ver con esta falta de cohesión social. No hay metáforas para describirnos juntos, más allá de la narrativa de la guerra.

De narrativas y cuerpos

La pandemia de COVID-19  vino a enrostrarnos las grietas y sombras de la forma de vida a la que estábamos habituadas y habituados. Los discursos unificadores desde la objetividad pseudo-neutra de la ciencia o desde la épica de la batalla por el bien común, parecieran no ser suficientes. Recordamos que vivimos en los cuerpos;  los propios, los otros, el colectivo, el social; y es desde allí desde donde pensamos, pues en los cuerpos vivenciamos el tiempo, el espacio, la muerte, los afectos, el yo,  las otras, el nosotras.

A mas de un año y medio de pandemia, podemos preguntarnos cuán eficaces han permanecido las estrategias bélicas de la tecno-ciencia-biopolítica, que ha comenzado a emerger de su resquebrajamiento. Identificar a las patologías como un enemigo hacia el cual corresponde desarrollar una actitud de combate, confiere a la enfermedad un carácter perverso que por supuesto no tiene, incrementando en  la  población  las  ideas  de probable fracaso terapéutico, tratamientos  invasivos, dolor, muerte, etc. Apelar al miedo frente a los padecimientos o a la rabia contra el enemigo no siempre tiene como consecuencia una respuesta adecuada que implique una  mayor realización de exámenes de pesquisa y mejor   adherencia a la terapia.  En cambio, las campañas enfocadas en educar y transmitir una percepción de mayor control y eficacia a través de campañas preventivas de  la enfermedad, son las que generan conductas  de  autocuidado y  adquisición  de hábitos  de  vida  saludables.

¿Será el lenguaje cuasi universal de las ciencias médicas, posicionadas como saberes autorizados absolutos en la sociedad, el que con sus cifras e imágenes refuercen el silencio y la obediencia ante las instrucciones biopolíticas? ¿o será este mismo lenguaje el que, haciéndose cargo de las controversias, empuje a   la pandemia alejándola de los cuerpos individuales y colectivos?

¿Serán acaso nuestros mismos cuerpos, encerrados, limitados, expuestos, extenuados, los que nos liberen de las metáforas de individualidades agrupadas para la guerra y nos den las palabras para narrar con coraje y objetividad esta pandemia? ¿O será que más que narrar con metáforas distintas, comenzaremos a reconstruir nuestro mundo en común, para darle una mejor forma que permita nuevas interpretaciones ?  Respuestas no tenemos aun, mas sí la certeza de enormes signos de interrogación, que nos invitan a pensar y probar innovadoramente. Esperamos que al explorar contestaciones se active la creatividad que nos permita reconectarnos  individual y colectivamente  a una forma de vida  saludable, integral e inclusiva.-


[1]Doctora en Antropología Universidad de Heidelberg, Alemania. Magister “Health and Society in South Asia”, Universidad de Heidelberg, Alemania. Académica Departamento de Fonoaudiología, Facultad de Medicina, Universidad de Chile y Escuela de Periodismo Universidad de Santiago

[2] Doctora en Antropología Médica por la Universidad Rovira i Virgli, España. Magister en Salud Pública por la Universidad de Chile, Magister en Bioética, por la Universidad Nacional de Cuyo, Argentina. Coordinadora del Laboratorio de Cs. Sociales, Bioética y Comunicación aplicadas a la Odontología; Académica Facultad de Odontología, Universidad de Chile.


[3] Discurso del presidente Sebastián Piñera durante el cambio de gabinete de junio 2020.

https://prensa.presidencia.cl/discurso.aspx?id=152471

[4] The Mindful Body: A Prolegomenon to Future Work in Medical Anthropology Author(s): Nancy Scheper-Hughes and Margaret M. Lock. Medical Anthropology Quarterly, New Series, Vol. 1, No. 1 (Mar., 1987), pp. 6-41.  http://www.jstor.org/stable/648769 .

[5] “El Desastre está Aquí”, Gonzalo BacigalupeRafael I. GonzálezCristóbal CuadradoVicente Sandoval y Cristian Farias Columna de Opinión. CIPER Académico 13.06.2020 https://ciperchile.cl/2020/06/13/el-desastre-esta-aqui/?fbclid=IwAR3v3mq_-HVSxSownpOXYqQpI4Xp5skISEsL_otKwJ6qZ9xn4jnwsf5bVTE

[6] https://www.bachillerato.uchile.cl/destacados/estudio-plantea-que-medida-de-un-metro-de-distancia-es-inalcanzable-en-el-transporte-publico/

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