La última brecha

Miguel Valero Jara1

El tiempo corre mientras su cuerpo se traslada en la cabina cuántica. El zumbido y suave vaivén del movimiento acompaña las luces que pintan su rostro. Mientras espera, repasa en su mente las instrucciones una por una. Catorce de octubre del año 2019. Latitud negativa treinta y tres, veinticinco, treinta y dos, longitud negativa setenta, treinta y seis, cincuenta.

La corriente del tiempo como un río sigue su curso, a veces pequeños cambios pueden alterar la salida del agua pero siempre vuelve al caudal. Cada detalle es el artífice de acciones que ocurrirán en el futuro. La ciencia desde hace mucho sabe que el tiempo puede sufrir variaciones, sin embargo los puntos ejes deben mantenerse sin alteraciones. Ahí es donde actúan ellos. Sanadores del Tiempo. Ese es el camino y hoy por primera vez deberá recorrerlo solo.

En sus recuerdos revisa los primeros años de preparación, estudiando cada elemento de la historia, cada suceso que marcó el giro necesario de ese futuro desde donde él proviene. Adquirió el desarrollo máximo de sus sentidos, la visión, la audición, incluso percepciones más complejas como el magnetismo, densidades del aire y niveles tóxicos en el ambiente. Todo lo aprendió bien. Luego comenzaron las misiones. Primero supervisadas, algunas tan simples como poner un pañuelo rojo en el cuello a un perro de la calle. En otras más complejas debieron mantenerse en el anonimato. Pero lo lograron. Lo logró.

–Un minuto para llegar— suena una voz metálica en el techo. Arruga la frente y se pone en posición. Hoy es la prueba final.

Las instrucciones se despliegan sobre su palma izquierda y se reflejan como un holograma. Un dispositivo biológico en su piel permite mostrar cada indicación. Mueve el índice izquierdo y se dibuja un gráfico del futuro. Ondas de diferentes colores se elevan, tonos claros, amarillos y verdes bailan sobre su piel. Sin embargo, tintes rojos y oscuros comienzan a asomarse en la periferia de la figura. El mañana se deteriora mientras no se realice el ajuste necesario.

El ruido de la sirena anuncia que quedan diez segundos para llegar. Empuña las manos y se prepara. Cuatro. Con el nerviosismo de siempre. Tres. Respira profundo. Dos. Se apoya cerca del umbral para saltar. Uno.

En un estacionamiento subterráneo de un sector denominado Avenida Providencia, una pequeña vibración del aire anuncia su llegada. El portal se cierra lejos de la mirada de las cámaras de seguridad. Mira y confirma la fecha sobre su mano e inmediatamente se despliegan nuevos datos. Busca un paquete oculto tras un viejo tubo de ventilación.

Una de las complicaciones que la ciencia no ha resuelto en los viajes temporales, es el transporte de material inerte. Ropa o herramientas se desintegran al pasar por la cabina. Para corregirlo, en cada lugar de llegada, otros colaboradores han dejado previamente esos materiales adecuados para la época, siempre ocultos y preparados para los sanadores. Eso lo sabe muy bien, porque durante su formación también él debió hacerlo.

Los revisa. Unos jeans azules y desgastados junto a un par de zapatillas oscuras con un borde blanco en su base. Camiseta y polerón azul oscuro, la primera trae dibujado un puño verde que lleva escrito “green day”, el otro de textura lisa trae además un capuchón. Junto a lo anterior una mochila con libros, cuadernos y un pañuelo completan el perfil necesario para desenvolverse.

Con su camuflaje listo sube las escalas para llegar a la calle. El oscuro silencio se rompe con un ambiente que lo recibe hostil. El aire huele a rabia y frustración. El calor se palpa y el escaso oxígeno parece mezclarse con toda clase de tóxicos. Pero no le sorprende. Ya había estudiado lo que encontraría en este instante del tiempo.

La señal en su mano indica caminar hacia al sur. Se desplaza a paso rápido. La tarea final consiste en simplemente situarse bajo tierra a unos diecisiete metros del suelo, exactamente a las 12:03, para luego recibir instrucciones. Mira en su meñique la cuenta regresiva y sólo quedan diez minutos. El ruido ambiental aumenta y el viento tibio parece herirlo.

Conforme avanza el sonido crece hasta encontrar una larga avenida llena de vehículos motorizados corriendo a ambos sentidos. La población avanza en todas direcciones mientras sus rostros son angustia y desengaño, caminando como zombies de lado a lado sin siquiera entender lo que pasa a su alrededor, golpeándose los hombros al deambular, chocando con rabia cada paso sobre el asfalto, viviendo con el ruido.

Sólo quedan cinco minutos y debe continuar caminando hacia el oeste. Divisa más adelante el lugar por donde debe acceder. Entre carteles y árboles, una estructura ovalada y gris se completa en su centro de tres rombos rojos, metros más allá una entrada y una escala comienzan con un cartel que lleva escrito “Pedro de Valdivia”.

Se acerca. Un nuevo sonido hace eco en su interior, unísono, rítmico y poderoso. Al bajar los primeros escalones lo aprecia. Un grupo numeroso de jóvenes estudiantes ocupan los espacios de acceso gritando de cara a la valla de la siguiente escala. Mira disimuladamente su palma escondida en el bolsillo. El tiempo corre y las gráficas del futuro siguen oscureciéndose.

La muchedumbre se aglomera y le impide pasar. El gentío se enfrenta más adelante a adultos uniformados dispuestos firmes delante de grises pilares rectangulares.

La alarma vibra nuevamente sobre su dedo anular, vuelve a observar su mano y sólo queda un minuto. Trata de buscar entre sus pertenencias algún pase o dinero para poder pasar esa vaya y así no llamar la atención, pero no. Parecía que quien preparó su disfraz olvidó completarlo con ese detalle. Ahora la señal sobre su piel se transforma en un latido. Al mirarla de reojo muestra que sólo quedan quince segundos.

No hay tiempo. Las gráficas se oscurecen mientras el aire en ese nivel parece más enrarecido y los segundos avanzan. Los gritos siguen y su mente busca desesperada otra forma de pasar, el miedo aparece ante la sola posibilidad de reprobar su examen final y su futuro como sanador del tiempo.

Siete segundos. Entonces recuerda las palabras que su profesor le dijo: “Si puedes sentarte a la sombra de un árbol, es porque alguien algun día lo plantó”. No lo entendió aquella vez pero hoy parece darle sentido, una respuesta.

Lo decide. No hay otra forma. Pone su pañuelo sobre la cara como una mascarilla y se desplaza con fuerza entre los estudiantes pasando a la primera linea de la muchedumbre. Empuña su mano otra vez. Cinco segundos. Respira profundo. Cuatro. Ahora sin miedo. Tres. Con el futuro temblando en su mano. Dos. Avanza con grandes zancadas y da un saltó con fuerza sobre las barreras. Un instante que se hace eterno, en un movimiento libre y lleno de fuerza que continúa escalas abajo hasta llegar a la profundidad esperada.

Mira su mano y los colores del gráfico comienzan a aclararse otra vez. Su dedo índice pestañea. Es la llamada desde el futuro. Pone el dedo en su oreja y escucha claramente las palabras que esperó tanto tiempo. “Felicitaciones has completado con éxito tu misión. Ya eres un sanador del tiempo”.

En su interior el orgullo crece y observa cómo decenas de jóvenes, como clones de él mismo, imitan su movimiento y repletan los pasillos de la estación. Sus rostros cambiaron. Hay una esperanzadora alegría. Una celebración por el gran suceso, uno que él tampoco podrá olvidar.

1Médico pediatra oncologo @mivalija_valpo

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