«La muerte del sol». Miguel Valero Jara

La sombra del alerce pinta la pared de la cocina como un reloj de sol. Ella calcula en silencio que son las seis de la tarde. En una hora más él llegará.

Aún no termina de preparar la cena. Gran parte del día se demoró en ordenar y limpiar pulcramente cada rincón, tal como a él le gusta… tal como a él le gusta, repite en voz alta. Sabe que llegará con hambre, cargado de rabias y frustraciones de su trabajo. Lo sabe bien porque cada día es así y cada vez se pone peor.

Gira para buscar las verduras y su espalda grita. La frente se arruga y su boca se cierra con los labios fruncidos ahogando la queja. Con la mano se toca el hombro izquierdo frágil y amoratado. Estira la manga de su blusa para ocultarlo mientras repite en su mente… fue mi culpa, fue mi culpa. La escena de aquel momento vuelve a su cabeza. Recuerda la fiebre, la maldita gripe que enlenteció su cuerpo esa mañana, que dominó sus pensamientos e hizo que el descuido la atrapara. Mira el reflejo de su cara sobre la cerámica y recuerda cada detalle, cómo la frente le sudaba y cómo su mente se tambaleaba entre la realidad y Morfeo. Olvidó entonces la plancha, olvidó la camisa, el aroma oscuro en el ambiente la alertó, pero demasiado tarde. Corrió a la pieza siguiendo el humo y apagó finalmente la prenda que tenía tatuada con fuego su olvido. Luego en la tarde llegó él, enojado como siempre. Ella no pudo evitar sincerarse y le costó caro.

Vuelve al presente. Detiene un momento la cuchara sobre la olla. Una lágrima resbala y huye rápido de su rostro. Fue mi culpa, repite otra vez. Recuerda que al día siguiente él le pidió perdón, como tantas veces. Decía que ella lo provocó, que estaba estresado, que comprendiera que a pesar de todo la amaba. Ella por algún motivo sintió que ahora iba a ser diferente, su corazón volvió a perdonar.

Intenta olvidar ese momento y piensa en los tiempos del pololeo. Las miradas alegres, el deseo de tenerla siempre cerca, cuidándola incluso de las miradas de otros hombres. La buscaba donde fuese y cada día había una pregunta de celos sobre algún amigo que a ella se le acercaba. Le incomodó al principio, pero se acostumbró. Sólo tú eres mi sol, ella decía, él sonreía.

El tiempo pasó y vivieron juntos, los hijos no aparecieron porque él no los quiso.

Mientras cocina toma una vaina abierta de arvejas y se detiene unos segundos a observar con ternura la pequeña legumbre que queda oculta al final de una esquina. Abre lo ojos sorprendida y corre al dormitorio, casi había olvidado tomarse el anticonceptivo. Toma un sorbo de agua y siente el paso de la tableta que rosa y busca camino en su esófago. Le duele como la pena, como presagiando un vientre de hijos olvidados.

En el velador también está el resultado de un examen. Es una biopsia. Suya, con un resultado benigno. Meses atrás un examen ginecológico rutinario dio la sospecha de un cáncer. Al saberlo aquella vez se lo comentó a su marido, él la miró con indiferencia, seguro es algo frecuente y sin importancia, le dijo displicente. Ella le preguntó con curiosidad y buscando ternura, buscando a ese novio que antes conoció.

—Y si algo malo me pasara ¿Llorarías por mi? —Quizás sí, le dijo sintonizando las noticias en televisión —Y si eso ocurriera, si llegara a morir ¿Me extrañarías? —Ya deja de preguntar tanta tontera– le dijo con tono molesto –Andas llamando a la muerte. Si al final todos vamos a morir. Hasta el sol tiene fecha de vencimiento.

Tiene razón, pensó unos segundos, a veces la muerte se siente tan cerca. Puede aparecer por sorpresa o venir y quitarnos la vida lentamente.

Despierta con el pito de la tetera hirviendo. Sigue picando las verduras pero no logra apurarse. El cuchillo que tanto le acomoda no está por ningún lado y no hay tiempo para buscarlo. Revuelve la olla mientras repasa en su mente cada detalle. El aseo, la ropa, el dormitorio, el baño, el comedor. Todo está bien. Sólo falta terminar la cena. Mira el piso y una mancha en las baldosas le aprieta el corazón. Aún falta limpiar eso.

Intenta cortar con precisión y hacerlo rápido pero la cuchilla no sirve, el filo es malo y las papas se rompen, sabe que eso a él le molesta. Mira y busca por todos lados su herramienta favorita, la de mango amarillo, con la que da cortes certeros, rebana verduras, pescado y hasta carne fresca sin el mayor problema, pero no la encuentra. Luego se tapa la boca asustada y recuerda fugazmente lo que él le había avisado el día anterior. Su esposo llegaría más temprano, pero no está segura si lo dijo por hoy o mañana. Mira la pared de la cocina y la sombra del árbol sigue avanzando mientras la luz del día se va despidiendo. Busca el reloj sobre la pared del comedor y ya son las seis y cuarenta. Entonces será mañana -piensa, sino ya habría llegado. Sin embargo ya sólo quedan veinte minutos y no puede evitar mirar con angustia la puerta de la entrada.

La ansiedad comienza a apoderarse de sus latidos, se limpia el sudor sobre la nariz y que le duele con sólo rozarla. Mira su mano que se pinta de rojo, la mira extrañada y culpa a los jugos de esa carne que minutos antes había fileteado. Limpia rápido su cara y manos mientras el estofado termina de cocinarse. Observa al suelo y la mancha le parece aún más grande. Corre al comedor y prepara la mesa antes de ir a limpiar el piso. La vajilla, la copa de vino, las servilletas y el control remoto del televisor a su derecha, tal como a él le gusta. Vuelve a la cocina a buscar el plato principal y de vuelta a la mesa se tropieza con algo que no alcanza a ver. El plato se revienta en el suelo esparciendo carne y salsas sobre pared, cortinas y piso. Queda paralizada. Se sienta en el suelo y llora unos segundos. No queda tiempo para limpiar, son ya casi las siete.

Se sienten pasos y golpes tras la puerta, el labio inferior le tiembla y sus manos sudadas sueltan torpemente lo que había levantado, sembrándolo en el suelo otra vez. Un pálido sonido en su garganta brota –Espera un poco– cierra los ojos con fuerza, en su interior sabe que eso lo enojará más. Los golpes en la puerta se repiten, ahora con más fuerza acompañados de palabras que no logra entender.

Otra vez es mi culpa, se recrimina balbuceando. Las viejas heridas en su cuerpo lloran, mientras la mancha sobre el piso parece crecer aun más en sus llorosos ojos. Su quejido se hace amargo hasta que la puerta se abre brusca tras un fuerte golpe. Cubre su cara instintivamente mientras dos figuras aparecen en el umbral.

Extrañada mira a los dos desconocidos mientras de reojo encuentra el mango de su cuchillo favorito. Ahí está. Enterrado en el pecho de su esposo. Tirado en el piso con olor a hierro. Ahora recuerda todo. Contempla en sus manos el rojo que no se limpia y su nariz deja salir lentamente una mezcla rosada de su sangre y lágrimas. Hoy era el día que llegaba más temprano. Apareció otra vez con rabia. Otra vez los golpes y las palabras aún más hirientes. Pero ella dijo ya no más, lo repitió en su mente, lo dijo en voz alta, lo gritó hasta que el dolor se hizo carne en su rostro y su hábil brazo con su filo favorito fueron el arma final de su libertad.

Una de los desconocidos, su vecina, la abraza y la calma, los golpes y gritos los habían alertado. Ya terminó todo, le dice mientras le acaricia la cabeza. Ella de lado sobre su pecho mira la noche tras la ventana y sólo atina a decir —Ya se fue el sol.

Miguel Valero @mivalija_valpo

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