El último recuerdo de la Tía Nina. Jorge Coghlan De Rosa

Jorge Coghlan De Rosa
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– ¡A ver don Juan..! ¡Súbase a la camilla!

El hombre, macizo y de tez morena, se acomodó sobre la colchoneta con movimientos lentos y pesados. Tenía mi misma edad, según pude percatarme al revisar su ficha clínica. Consultaba por un pertinaz dolor lumbar. Con ademán parsimonioso comencé mi examen. Pero al levantar su pierna, para controlar el estado del nervio ciático, el tacto de una protuberancia dura contra mi mano, llamó poderosamente mi atención.

– Don Juan… ¿qué es esta “cutuma” dura que tiene en su pantorrilla?

A través de la piel se podía palpar una tumoración de forma ovalada, y muy dura. Por un instante, me preocupé.

El hombre cruzó una mirada con su señora, que lo acompañaba. Ambos se sonrieron imperceptiblemente. Incorporándose en la camilla, me respondió:

-Eso, es una bala, doctor.

– ¡Pero… cómo…? ¡Es bien grande!

– Es que es una bala de guerra doctor. Es una siete sesenta y cinco, de una metralleta.

Al momento me imaginé varias posibilidades relacionadas con nuestra historia reciente, pero antes que alcanzara a preguntarle nada, el hombre se apresuró a aclarar mis dudas.

– La tengo hace cuarenta y cinco años, del once de marzo del sesenta y seis. Del día de la masacre.

– ¿Masacre…? ¿qué masacre?

– Aquí hubo una matanza muy grande, doctor. Varios murieron, y muchos quedaron heridos y lisiados de por vida. Usted no es de aquí. Por eso no sabe. De la gente afuerina casi nadie sabe. Porque todo lo taparon con tierra, como se dice.

– Me gustaría contarle mi doctor, porque veo que se interesa… pero es una historia bien larga.

– ¡Puchas!… La verdad es que me interesa muchísimo, pero aquí no puedo tomarme todo el tiempo que quisiera..! ―le dije, lanzando deliberadamente una carnada.

– ¡Pero doctor..! ¿Por qué no va para nuestra casa a la nochecita? Si va, yo con mucho cariño le voy a contar toda la historia.

Terminada su consulta, el paciente me garrapateó su dirección en un trozo de papel. Con ademán respetuoso se despidieron. Continué atendiendo a mis restantes pacientes. No veía la hora de acudir a la cita.

Plano de la ciudad de El Salvador, Atacama, Chile

La noche fue cayendo lentamente sobre las pulcras calles del campamento minero de El Salvador. Los perfiles de los cerros desérticos, cuyas tonalidades van cambiando a medida que se va ocultando el sol, se dibujaban como guardianes multicolores que custodiaban los confines del pueblo. Al cabo de un corto deambular, llegué hasta una casita de dos pisos, de sencilla arquitectura, alineada junto a varias de similar aspecto.

-Construcción gringa… ―Pensé.

A mi requerimiento la puerta se abrió, y la mujer, amable y comedida, me hizo pasar a una pequeña salita. Los muebles eran muy simples, y podría decirse que bastante añosos, pero todo estaba muy limpio y bien cuidado. Luego de saludar al dueño de casa, tomé asiento. Me sentí algo cohibido al percatarme que en la mesita de centro, se desplegaban algunos platos con galletitas con paté, unos pequeños panes con mantequilla y queso, y una bandeja con tres tazas dispuestas. Me recibían como si yo fuera una visita importante. Luego que su esposa nos sirviera té, don Juan comenzó su relato.

– Mire mi doctor… las cosas fueron así como se las voy a contar. Ocurrieron el año 1966. Yo era cabro chico, asistía a la escuela de acá. Hijo de minero. Tenía doce años. Corría el mes de marzo, a la entrada del otoño. Desde hace meses estábamos viviendo días muy tensos. Los trabajadores de la CTC estaban nuevamente en huelga desde enero. El sindicato de el Salvador, apoyaba el paro, junto con los compañeros de Potrerillos, Llanta y Barquitos. También Chuquicamata, El Teniente y otros estaban paralizados. Era una movilización muy grande. Yo esto lo sé por lo que me cuentan. A esa edad yo no “cachaba” mucho. Pero tengo un tío, mi tata Agustín, que ahora tiene noventa años, y que en esa época era dirigente sindical, que nos contó todo el resto de esta historia con lujo de detalles. El resto, me lo narraron mis difuntos padres.

Sindicato N°6 de División Salvador, “Benito Tapia Tapia”. Fotos del Autor

El hombre respiró profundamente, y, solícito, se acercó a la mesita.

– ¡Sírvase tecito, por favor!… Era el gobierno de Frei padre. Los trabajadores del cobre no habían podido llegar a acuerdo con los empresarios ni con el oficialismo, que los tildaba de subversivos y de títeres del FRAP. ¿Se acuerda del FRAP?… ¿La unión del Partido Socialista con el Partido Comunista, que eran la izquierda opositora al gobierno, en alianza con el partido Radical? Bueno. Por el otro lado estaba la derecha que avalaba al Presidente y sus Ministros. ¡Era que no, pues!… ¡Adonde va el buey que no are! En los días previos se habían hecho muchos arrestos, ordenados por el Gobernador y se había declarado el estado de emergencia. Habían ocurrido duros enfrentamientos entre huelguistas y mineros partidarios del gobierno, los llamados krumiros o rompehuelgas, contratados para el efecto. Existía el temor de atentados dinamiteros. Para prevenir situaciones de violencia, había llegado un contingente de milicos comandados por un tal Coronel Manuel Pinochet, pero Sepúlveda por la madre. No sé si era pariente del otro. También, una dotación adicional de Carabineros y detectives, traídos de Copiapó. Días antes, muchas casas habían sido allanadas, y no menos de trescientos mineros habían sido separados de sus familias y llevados arrestados hasta Pueblo Hundido, hoy Diego de Almagro, distante casi dos horas. Tuvieron que dejar todas sus cosas en las casas… ¡Con lo puesto se los llevaron!.. Por ello, se había organizado una olla común en la Sede Sindical, atendida por las mujeres de los trabajadores, que daba alimento a los huelguistas que aún estaban en el pueblo ocupando dicho recinto, y a los niños. Habiéndose dado la orden gubernamental de reanudar las faenas mineras, y no habiéndose acatado, se dio la orden de desalojo. En Potrerillos, los militares rodearon el Sindicato equipados con armamento de guerra. Las mujeres, al percibir el peligro que se cernía sobre sus maridos, avanzaron lentamente con banderas chilenas hacia las armas que las encañonaban, hasta rodear completamente a las ametralladoras emplazadas. Gracias al buen criterio de un oficial que calmó los ánimos de ambos bandos, se evitó una tragedia. ¡Tan sólo si hubiera habido un milico con tan buen juicio en El Salvador…¡pero no!

– Amaneció el once de marzo, luego de una noche fría y oscura llena de temores y premoniciones. Durante la mañana se veían circular piquetes de uniformados por las inmediaciones de la sede. El ambiente estaba cargado de presagios. Mi madre se encontraba allí con las demás mujeres ayudando a preparar la comida. Mi padre había llevado al hospital a una señora que iba a dar a luz. Mi tía Tina, prima de mi madre, embarazada de tres meses, también había ido a colaborar. Yo jugaba frente al local una “pichanga” con los demás chiquillos, en medio de una feroz polvareda. Poco antes del mediodía habían llegado muchas personas al recinto. Se encontraban ya almorzando algunos, cuando pasado el mediodía, se dio intempestivamente la orden de desalojar el local. ¡Había casi trescientas personas en el interior y las inmediaciones, mi doctor! Al rato, llegaron tres camiones llenos de milicos, y del retén de pacos, salió otro piquete armado. ¡Yo creo que ya tenían decidido dispararnos!

Al notar el peligro, mi tía, que tenía treinta años, corrió y me tomó de la mano, para llevarme a resguardo.

– ¡Venga para acá mi niño..! ¡Pa’dentro!- me dijo. Estaba asustada. Yo también me asusté mucho. Unos niñitos se pusieron a llorar. Otras mujeres, al ver que un grupo de Carabineros iba decidido a entrar, se pusieron en la puerta con unas banderas chilenas obstaculizando la entrada. Nosotros no alcanzamos a ingresar. El teniente de Carabineros, un tal Held, se acercó y lanzó por entre las mujeres, un par de bombas lacrimógenas al interior de la sede, que estaba atestada de personas almorzando. ¡Quedó la grande, doctorcito! ¡Viera cómo arrancaba la gente, ahogándose, desesperada. Los niños caían al suelo, pisoteados!! Para escapar, los hombres rompieron la puerta trasera del comedor, para correr hacia el estadio. Otros salían a empellones por la Puerta principal, por entre los carabineros, furiosos y despavoridos. Los palos y los fierrazos, iban y venían. Cayeron más bombas lacrimógenas. ¡Nadie veía nada! Mi tía Tina me tenía sujeto, cuando observó que los hombres que iban huyendo iban a ser acribillados. ¡Ahí mi pobre tiíta tomó una decisión que le costó la vida! Corrió conmigo tomado de la mano hacia los carabineros gritando e implorando ―¡No los maten!¡No los maten!… Ahí es cuando veo al paco Urra, mi doctor, que apunta su metralleta hacia ella. ¡Lo conocíamos al desgraciado, doctor, es pa’ no creerlo!… Mi tía también lo vio. No se cómo me puso tan rápido detrás de ella. Sonó la ráfaga y vi como todo su cuerpo se estremeció y me cayó encima botándome al suelo. En ese momento, yo sentí que algo me pegó en la pierna, pero no tuve dolor. La pobre Tina, que había quedado boca arriba al lado mío, con su bracito izquierdo sobre mis hombros, me miró de soslayo y alcanzó a decirme: ―¡Juanito….quietito…¡no te movai! ―…y expiró. Fue la primera en morir. Quedó con sus ojitos abiertos, como mirando pal’ cielo. Los dos estábamos llenos de su sangre. Yo me hice el muerto, pegadito a ella. Escuchaba los disparos, veía los bototos de los pacos correr, casi pisándonos. Las mujeres gritaban y lloraban, al igual que los niños. Por un momento cesaron los disparos. Levanté la cabeza, y a pocos metros vi a dos hombres muertos: uno con el cráneo reventado por un tiro, y otro con el pecho destrozado por una ráfaga. Después, con el tiempo supe que eran Francisco Monardes y Mauricio Dubó. De pronto, recomenzó la matanza. Nuevas ráfagas atronaron el aire, esta vez contra la gente que se había devuelto a socorrer a los heridos. Parece que los uniformados creyeron que los iban a atacar. En medio de la balacera un oficial gritaba:

– ¡Alto el fuego..! ¡Paren! ¡Alto el fuego, huevones!

Se detuvo por segunda vez el tiroteo, pero en ese momento se escuchó el grito de un Capitán de Ejercito, que después se supo que se llamaba Alejandro Alvarado. El muy torpe, al tropezar, se disparó accidentalmente con su propia arma, fracturándose la pierna. Un milico gritó: ¡Le dispararon a mi Capitán!… y ahí si que se desató el infierno más salvaje de ráfagas y disparos en contra de los trabajadores indefensos. Fue una verdadera carnicería, doctor… Perdone.

Al hombre se le llenan los ojos de lágrimas. Su señora lo abraza. Estremecido, le pregunto:

-¿Y qué pasó con usted, don Juan?

-Disculpe doctorcito… Es como si lo estuviera viendo… Yo como que me anduve desmayando. Sentí que me tomaron en brazos. Era mi papá. Podía ver a los heridos y muertos desparramados por el suelo… ¡Qué tragedia doctor! No me llevaron al hospital, porque decían que a todos los heridos que llegaban los dejaban presos. Una señora practicante me fue a curar a la casa, pero nunca me llevaron al médico, así que la bala quedó ahí. La cifra oficial de heridos fue de treinta y siete. Pero esos fueron los más graves, que había que llevarlos de urgencia, si no se morían. En realidad fueron más de sesenta. Los demás fueron atendidos en sus casas, clandestinamente, por la misma gente del hospital y familiares.

Los doctores y el personal del hospital se pasaron. Operaron a veintiséis heridos, y además se hicieron todas las autopsias. Dicen que cuando abrieron a la tía Tina en la autopsia, el niño que esperaba estaba reventado en su interior… ¿Se puede imaginar eso?―.

Al hombre le tiembla la mandíbula. De dolor y de rabia. Sus puños están apretados. Yo también me siento conmovido. Se serena y vuelve a su relato.

-Cuentan que se juntaron acá todos los doctores de El Salvador y Potrerillos, y trabajaron duro. La gente ayudó cuidando a los heridos hospitalizados y donando sangre. Mientras tanto, los deudos y compañeros de los muertos, los taparon con mantas y planchas de zinc sacadas del estadio, y allí mismo los velaron, durante la noche.

Juan mueve su cabeza en un gesto de desesperanza y desaprobación. Se anima.

– Había un médico muy choro que fue el que organizó toda la atención de los pacientes. Se llamaba Manuel Vidal. Incluso al otro día se enfrentó a los milicos y les exigió que se retiraran del pueblo para evitar situaciones que solo habrían acarreado más desgracias. Le hicieron caso. A poco llegó un avión y se llevó a todos esos infelices.

– A los funerales de los fallecidos, asistió el Senador Salvador Allende, y las parlamentarias María Maluenda y Mireya Baltra. Los gringos de la Andes Copper donaron los ataúdes… ¿Por qué no escucharon a los trabajadores cuando era el momento más mejor, digo yo?

Los ojos vuelven a llenársele de lágrimas. El té se ha enfriado en las tazas. Galletas y panecillos permanecen intactos.

– Y usted, don Juanito , ¿Nunca se sacó esa bala?

– Noo, doctor. Eso no. Esa bala de seguro atravesó el cuerpo de mi tía. Si me llega directo me destroza la pierna. Muchas veces me ofrecieron retirarla. Pero yo no quiero. La voy a llevar puesta hasta que me muera, como el ultimo recuerdo de mi pobre tía, y de la Masacre de El Salvador.-

Nos despedimos. La noche había refrescado bastante. Caminé por las calles tranquilas y solitarias. Un viento del noroeste había comenzado a soplar. Todas las personas mencionadas en este relato son reales. Las circunstancias están narradas como me las contó un hombre, desde la óptica de un niño.

Ocho personas murieron en esta masacre. Ellos fueron:

Osvaldina Chaparro, Francisco (Raul) Monardes, Mauricio Dubó, María (Marta) Egurriola, Ramón Contreras, Manuel Contreras, Luis Alvarado, y Delfín Galaz.

En una investigación que realicé en el Cementerio de El Salvador, sólo encontré la tumba del último nombrado. Es la signada como B 45. Su epitafio reza:”muerto trágicamente el 11 de marzo de 1966”. No hace alusión a los hechos.

En el pueblo no hay memorial alguno que mantenga vivo el recuerdo de estos trágicos sucesos. La gran mayoría de los actuales habitantes del pueblo no conocen lo sucedido.

Los culpables de este vil asesinato nunca fueron castigados.

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